Posiblemente aquel hombre había visto “Muerte entre las flores”.
O no, porque en realidad casi todos mis “clientes” suplican por su vida. Los que tienen tiempo para darse cuenta de lo que se les viene encima, claro. Pero es que éste lo hacía de un modo exagerado. Impúdico casi. Espero tener más aplomo cuando me toque el turno.
Le dejé que terminara la frase (ante todo hay que tener educación) y lo finiquité de la forma más limpia que me fue posible: con una cuerda de piano. De haber usado la pistola con silenciador hubiera sido más rápido, pero se hubiera podido manchar aquel tapiz tan bonito. Ese cielo azul y los olivos al fondo me recordaban a mi Sicilia natal.
Bajé la vista al reciente cadáver. ¿Por qué había tenido que terminar así? ¿Cuál había sido su pecado? Tuve que forzar un poco la memoria, ya que concedo poca importancia a los detalles accesorios. En realidad, sí que había pecado. Contra el décimo mandamiento concretamente: No desearás a la mujer del prójimo ¿o era los bienes ajenos? Lo mismo daba. Yo no lo culpaba, desde luego, ya que la mujer de este prójimo en concreto era ciertamente deseable. La imagen de la chica, junto al muerto en la fotografía que me llegó con el pedido, sí que vino rápidamente a mi memoria. Pero de ahí a sentir lástima iba un trecho. El fulano sabía dónde se metía. En todos los sentidos, desde luego... Si no fuera un fiambre le envidiaría y todo. ¿Cómo decía aquella canción del Sabina? La de los cuernos, sí hombre... Realmente, yo sólo fui la mano ejecutora del destino que él mismo se había sellado. De todas formas, si me quedaba algún resquicio de conciencia, los estipendios recibidos lo habían terminado de borrar. ¿Quién dice que una vida no tiene precio? La de éste al menos, sí: 60.000, sin IVA, claro.
Revisé concienzudamente la habitación en busca de posibles restos que sirvieran para echarme el guante. Sonreí para mis adentros recordando el último episodio de CSI Las Vegas. La escena se parecía bastante a la de uno de los asesinatos de esa semana. Con sus defectos, esta serie es casi un cursillo a distancia para asesinos. Que yo supiera, en la sección de policía científica no disponen ni de la mitad de los aparatos que aparecen en la serie, ni son tan rápidos en los análisis. Pero tampoco son tontos, así que es mejor pecar de precavido.
Una vez quedé satisfecho, saqué una pequeña pluma negra del bolsillo y se la puse en la boca al muerto. Quiero pensar que no lo hago por vanidad, aunque quizás me engañe, sino por joder a un tal Batiste o Caratriste, un capitán de la policía con el que tengo ciertas cuentas pendientes. Me encanta imaginarlo bufando de rabia al comprobar que sigo vivo y que me van bien los negocios.