martes, 8 de mayo de 2007

En las duchas


La primera vez que te plantan un culo peludo (masculino, claro está) a dos palmos de la cara mientras te estás cambiando, te sientes algo violento. Pero luego te acostumbras.
Es curioso cómo se pierde la vergüenza con esto de ducharse en los vestuarios del gimnasio. No es que sea algo nuevo para mí, ya que alguna que otra vez le había hecho caso a Gomaespuma y me había duchado en los vestuarios tras un partido de fútbol, en lugar de irme sudado con la excusa de que me iba a duchar en casa. Pero fueron ocasiones contadas y el resto eran colegas.
Ahora, con lo del gimnasio, suelo ducharme acompañado bastante a menudo, y además con desconocidos. Naturalmente cada uno va a lo suyo, pero claro, uno no puede evitar ver lo que no quiere ver. Encapuchados o judeizantes, peludos o pelones, de todo hay en la viña del Señor. También puedo dar a conocer a las chicas que no tengan suficientes experiencias, que la media española en lo referido al tamaño del pito es bastante decepcionante.
Pido por anticipado disculpas por el cómic a los homosexuales que pasen por aquí. Las estadísticas dicen que ya he tenido que coincidir con más de uno en las duchas, y he de decir jamás que he presenciado ninguna cosa parecida al chiste. Supongo que algún que otro vistazo echarán al típico chico danone que pase por allí (yo lo haría, qué cojones), pero si lo hacen, no se nota. Lo normal es que tengan poco que visionar, ya que la gran mayoría de los que acudimos a tales establecimientos es porque nos hace falta, con lo cual el michelín campa a sus anchas. Lo mismo vale para las chicas. No me haría ninguna ilusión colarme por error en el vestuario femenino. Aparte de que me iban a correr a gorrazos, lo más seguro es que lo que me encontrara luego me persiguiera en mis pesadillas.
Eso sí, por comodidad, y para evitar tentaciones, he escrito una sugerencia para que instalen bandejitas para el jabón.

domingo, 6 de mayo de 2007

Enamorados de la vida


El año pasado unos cuantos majaras hicimos un par de exposiciones colectivas en sendos bares de la localidad, sin demasiado éxito. De público porque sólo las vieron la mitad de los que casualmente se pasaron por esos bares, y de crítica ni se sabe, porque ningún crítico se dignó a gastar parte de su tiempo en ellas. Créanme si les digo que no nos importó.
A lo que iba. Dicho grupo de majaras se autodenominó “Colectivo de artistas enamorados de la vida” o algo por el estilo. Pues de eso nada, al menos en lo que a mí concierne. La vida es una zorra que a lo que menos te descuida te atiza con una tranca y te deja los riñones partidos. En esos momentos le entran ganas a uno de soltar un “al carajo la bicicleta” y rebelarse contra todo, creencias y valores incluidos.
Claro que también a veces el trancazo no es tan grande, o la vida decide darnos una tregua. Así, entre el “la vida puede ser maravillosa” del calvo de la sexta y “todo es una mierda sin sentido”, transcurre el tiempo y pasa la vida.
Ahora estamos en tregua, la vida y yo. Así que, sin otra cosa mejor que hacer, volveremos a lo de siempre, entre lo que se encuentra, mire usted por dónde, hacer dibujillos o mantener un blog.

domingo, 25 de marzo de 2007

Perdonen las disculpas



Pronto estaré de vuelta. Para hacer más corta la espera recomiendo dar una vuelta por los archivos. La Guarida tiene más de doscientos artículos publicados.

Por otro lado, si alguien quiere comunicarse conmigo, puede hacerlo en

Abrazos y besos.

viernes, 9 de marzo de 2007

El deporte es salud. El fútbol es un deporte. ¿El fútbol es salud?


Sé que quizás sea repetirme, pero es que desde hace meses cuento mis partiditos de los miércoles por lesiones. Si no es una cosa es otra. Quizás el deporte sea salud, pero al menos el fútbol habría que dejarlo aparte. Estoy por abandonarlo definitivamente, pero luego llega el siguiente miércoles y ¿quién se resiste?.
El gimnasio mejor, gracias. Por cierto, una curiosidad. En el que estamos han instalado un torno de entrada ¡con identificación de la huella dactilar! Ayer, día de la inauguración del sistema, funcionaba. ¿Alguna apuesta para mañana?

viernes, 2 de marzo de 2007

Lecturas de cercanías

La mayor soledad es la que se siente dentro de una multitud.
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Dentro de un vagón de tren hay poca variedad de actividades con las que matar el tiempo. Los afortunados que viajan en compañía pueden conversar, parlotear (que no es lo mismo que conversar) o simplemente compartir silencios. Otros escuchan música de sus mp3 o, los más modernizados, de sus móviles y agendas multifunción. La mayoría se dedica simplemente a respirar y a hundirse en su mundo interior, el que lo tenga. Hay otras minorías, como los aficionados al sudoku, pero son poco significativas.

De vez en cuando alguien entra y abre un libro. Esta es mi tribu. No somos muchos, a veces un par por vagón, otras ninguno. Depende mucho del tren que se trate. El de las siete de la mañana va lleno de tropa, gente joven, ruidosa, jovial y que va acompañada de otros militares. Pocos colegas de lectura aquí. En el de las ocho menos veinte predominan los estudiantes. Los que no van en bandada se enchufan los auriculares o juegan con móviles y mini-consolas. Alguno saca apuntes, pero son la excepción. El de las tres promete más. Lleva a gente que vuelve del trabajo, sobre todo mujeres, entre las que he descubierto más afición a la lectura que entre los varones. Quizás sea una estupidez, pero me alegra coincidir con gente que lee, aunque sea novelas rosa.

Hoy, sin embargo, no lee nadie en mi vagón. Ni siquiera yo, pues esta vez me dedico a escribir mientras disfruto del piano de Ludovico Einaudi. Hoy viajo especialmente solo.