viernes, 29 de abril de 2016

Maybellene


Maybellene
Óleo sobre lienzo
92 × 73 cm

De jovenzuelo fui rocker o rockabilly. Amaba a los oldies. Y entre ellos, para mí el más grande era Chuck Berry. Llegué a renegar de Elvis, por haberle robado injustamente el título de rey del rock. Con los años uno suaviza sus opiniones, pero sigo teniendo al viejo Chuck en gran estima.

Por eso, cuando en el grupo artístico en el que participo se propuso hacer una exposición sobre el rock, tuve claro a quién le haría un homenaje. La guitarra que he pintado es una Gibson ES 345, una de las favoritas del de Saint Louis. 

La exposición tendrá lugar en julio, y quizá haga mal en publicar de antemano la obra finalizada. Pero tengo la impresión de que ya nadie conocido se pasa por aquí, así que me siento libre, como en mis primeras épocas en el blog, para publicar lo que me venga en gana. Distinto es Facebook, donde lo que se publica tiene mucha visibilidad entre amigos y familiares. Allí me esperaré a que se inaugure para colgar el cuadro.

Hagamos una prueba. Si eres de los que aún sigue este blog, aunque sea de forma esporádica, te voy a pedir un favor. Deja un comentario en esta ocasión, aunque sea anónimo; aunque sea solo un solo carácter. Si pasa el tiempo y nadie comenta, significará que este blog se ha convertido definitivamente en un diario privado. 

Os dejo con la canción que da título al cuadro. Con ustedes, Chuck Berry.


lunes, 25 de abril de 2016

Antigua barriada de Matagorda


¿Dónde comienza la historia de cada uno de nosotros? ¿Hasta dónde se remontaría un biógrafo, para escribir el primer capítulo de nuestra vida? 

Para la mía, escogería un año, 1965, y un lugar, la antigua barriada de Matagorda. Ese momento y ese lugar es el que he intentado bocetear en el dibujo de arriba. Aún faltaban 10 años para que el proyecto de ser humano que teclea estas palabras respirase por vez primera; pero fue allí donde mi padre y mi madre se conocieron.

Aquella era una barriada construida en 1957 para los trabajadores del entonces pujante astillero, en cuyos terrenos se localizaba. Fue el proyecto de ampliación del propio astillero, en 1973, la que provocó el traslado de sus habitantes al núcleo urbano de Puerto Real.  

La gente que allí vivió suele referirse a esos años con cierto cariño, no sé si porque fueron felices o porque simplemente eran jóvenes. Tiempos recios, pero donde también hubo cabida para la diversión... y cómo no, para el amor.

miércoles, 13 de abril de 2016

El descanso de los artistas del spray


Tres y media de la tarde de un caluroso día de mayo. Dos inconscientes llevan desde las diez de la mañana a pleno sol, pintando con sprays un contenedor de vidrio. Llevan unas absurdas corbatas. Las chaquetas se las tuvieron que quitar hace horas.
Deciden darse unos minutos de descanso, mientras se trasiegan sendos cubatas comprados en un pub anejo a la plaza. Media hora más tarde, el que no lleva sombrero cae desmayado, víctima de la calor. Lo ponen a la sombrita un rato, le dan agua, y a pintar de nuevo. 
Como dicen ahora, #truestory.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Sencillo caballete vertical

Estoy pensando construirme un sencillo caballete vertical.
Me he basado en el modelo que usa Mark Carder. Lo he modificado ligeramente, colocando un par de uñas que permitan sostener lienzos desde dentro. 
Si me decido a fabricarlo ya lo veréis por aquí. Por ahora, os dejo el modelo 3D que he construido en Sketchup.


 

miércoles, 23 de marzo de 2016

La casa, de Paco Roca

Decir que Paco Roca es el referente del cómic español contemporáneo no es descubrir el Mediterráneo, precisamente. Digo del cómic, aunque ahora está de moda el término "novela gráfica". No entraré aquí en discutir si son o no cosas distintas. 

Sea como fuere, desde la publicación de "Arrugas" en 2007, este historietista no ha bajado el listón. Ha publicado obras de lo más variopintas, de las que destacaría "Las calles de arena" y "Los surcos del azar".


Con "La casa" (Astiberri, 2015), vuelve en cierta medida a la temática que lo llevó al éxito. Si en "Arrugas" se enfrentaba cara a cara a la vejez y al Alzheimer, en esta nueva obra nos habla de la muerte. De la muerte de su padre, además. Porque si bien hay elementos de ficción, la novela transpira realidad, autobiografía descarnada.

"La casa" puede parece una historia simple; a ratos incluso lenta. Pero no es ni una cosa ni la otra. Lo que consigue el autor con maestría es irnos metiendo poco a poco en la piel del protagonista y de sus hermanos. Llegamos a cogerle cariño a esa casa, construida poco a poco por la familia durante los veranos. Vamos comprendiendo, junto a los hijos, al padre muerto.

Poco decir del dibujo en sí. Limpio, bien coloreado, efectivo, en algunos momentos cinematográfico. Hay algunas secuencias de viñetas realmente memorables. 

Una historia que emociona.